Ruta de ida y vuelta con algunos tramos circulares; tiene puntos muy interesantes, panorámicas espectaculares y rincones sorprendentes.
Para realizar este recorrido, lo ideal sería que no hubiera oleaje ni viento excesivo, ya que en algunos tramos sería imposible pasar.
Un día soleado y el mar en calma nos proporcionará una gratificante experiencia, y si el calor aprieta, nada mejor que ir bañándonos en las maravillosas calas por las que iremos pasando.
En 1838 tuvo lugar en Sierra Almagrera un sorprendente descubrimiento: un rico filón de galena argentífera afloraba en uno de sus recónditos barrancos, el del Jaroso. En un corto período de tiempo a lo largo y ancho de aquella reducida sierra se concedieron 1.700 denuncios mineros. Durante aproximadamente un siglo de laboreo, fueron unas 300 sociedades las que extrajeron el plomo, la plata y el hierro de aquellos filones, en un régimen de explotación caracterizado por el minifundismo minero.
En 1840 se promulgó una ley nacional que prohibía la exportación de los minerales argentíferos en bruto, lo que dio lugar a la aparición de fundiciones metalúrgicas que se instalaron cerca de la costa, con lo que se facilitaba el embarque de los metales y el desembarque del carbón que alimentaba sus hornos, abaratando considerablemente los costes. Carmelita (1842), Esperanza (1842), San Francisco Javier (1853), Santa Ana (1870), Dolores (1875), Invencible (1875), entre otras muchas. Los humos generados por los hornos eran conducidos hasta chimeneas por unas galerías de mampostería que aún hoy se reconocen serpenteando entre la sierra y el mar. Era tal la cantidad de metales que contenían estos gases que, rascando las bóvedas de las galerías cada cierto tiempo, se obtenía una cosecha metalífera nada despreciable.
En los primeros tiempos, el transporte del mineral de plata y plomo, y más tarde el de hierro, se hacía mediante carros tirados por animales. Pero a partir de la década de 1880, el transporte se moderniza con la construcción de ferrocarriles y cables aéreos que finalizaban sus recorridos en las playas, complementados más tarde con la dotación de cargaderos, como el de la playa de Villaricos y el de la Cala de Las Conchas.